A los 67 años, Santiago Auserón, alias Juan Perro, se encuentra en uno de los momentos más lúcidos y fructíferos de su brillante trayectoria artística. En 2016 publicó El Viaje, desnuda obra mayor a la que añadió, cuatro años después, magníficos arreglos para entonar Cantos de Ultramar junto a una banda de acento jazzístico.
Antes de atender a las musas que le inspirasen su nuevo proyecto musical, descolgó el traje de investigador con el propósito de escribir un ambicioso ensayo, sobre la música en la Grecia clásica, titulado Arte Sonora: En las fuentes del pensamiento Heleno (Anagrama, 2022).
Llegada la iluminación, compuso diez coplas de pulcros versos y con una amalgama sonora que le llevaron desde el son cubano, hasta el swing, pasando por templado rock. Ya en el estudio, colaboró en la producción con Joe Dworniak (compañero de fatigas en tiempos de Radio Futura) y se abrigó con sus músicos preferidos, incluido el tristemente fallecido Joan Vinyals. Libertad (La Huella Sonora, 2022) quedaba a disposición del oyente, dispuesto a viajar.
En marcha
Tras la première en el Teatre Romea (únicamente dispuesta para invitados y prensa) la Banda de Juan Perro se disponía a defender las recientes creaciones en una plaza fuerte, un lugar en el que se notan tanto los peores defectos como las virtudes: todo o nada. El Milano Jazz Club (lo más auténtico que nos queda de la vieja Europa, según el mismo Auserón) es un aliado protector que transforma la frialdad de un gran teatro en calor carnal, el que siempre ofrecen las buenas cavas de Jazz. Juan Perro y su estratosférico combo aprovecharon esa calidez arrasando.
La subterránea cava organizó, como es norma habitual, dos pases (en este caso idénticos) que, además de acrecentar la asistencia, permitió que los protagonistas se amoldaran, lentamente, al flamante repertorio y sentirse, al final de la doble tanda, seguros de proclamar bien alto: “lo hemos hecho, mañana será mejor”.
Vinyals en las alturas
Como no podía ser de otro modo, las primeras palabras de nuestro mejor rock-crooner fueron dedicadas al llorado Joan Vinyals. Segundos antes de absorber los aires caribeños de Quemando caña, le observamos sobrevolando la sala, no quería perderse ni un segundo de lo que le iba a ofrecer su familia, el concierto era suyo, de nadie más.
El guitarrista barcelonés es irreemplazable, sin embargo, Pere Foved (percusiones), Isaac Coll (bajo), Gabriel Amargant (saxo y clarinete), David Pastor (trompeta y fiscorno) y sobre todo Vicenç Solsona (guitarra) lograron a partir de las trizas, construir regocijo, regalo impagable en la añoranza.
Ellos y el gran Perro tocaron con precisión, amor, pasión y sencillez (lujo reservado a los mejores) todas las canciones del disco y en el mismo orden, más dos obsequios inesperados: una lectura fastuosa de Luz de mis huesos y otra, igual de estupenda, de El puente azul, perla de Radio Futura fechada en 1991.
En un principio, da la impresión que Libertad está un par de puntos por debajo de El Viaje, en cuanto a nivel compositivo, aunque también es cierto que necesitamos sacarle todo el jugo que contiene, lo hay a litros y es muy dulce. Todavía queda mucha cuerda por estirar de esta libertad bien entendida, la sincera, la vendida por charlatanes no nos interesa.
Auserón empezó algo frío. A las preciosas La última rosa y Gibara (retorno a Cuba) les faltaron algo de calado; profundidad que ya aparecería en Collar de cuentas (swing New Orleans), La ley del camino (rock ideal para el lucimiento de Solsona) y la delicada Magnolia (sublime Amargant en el clarinete). Esta lógica tibieza preliminar, se resolvió en la segunda tanda, donde la fluidez mejoró espectacularmente. En el descanso Gabriel Amargant nos lo apuntaba: “ir de menos a más siempre es positivo”.
Al ilustre trovador (quien explicó, entre son y son cada una de sus historias) no le gusta que los niños se filmen a ellos mismos en busca de chismorreo o propaganda, por eso ha escrito La noticia, destacadísima obra, puro Auserón: “Huyen escapados de la escuela, almas que se lleva un vendaval. Vienen tras el paso de un ser asustado a probar que es fácil hacer mal”.
Él es la estrella, no obstante, la independencia de sus músicos es absoluta, ofreciéndoles espacio para el sutil alarde como en Extraños deseos (soul de primera) o en el blues carcelario (inteligente sorna) Libertad, donde los vientos suenan cual pájaros cantarines.
Cuando se estrena un disco debes escoger tu favorita y la mía es El sueño. Muchos prefieren el Perro más rockero, otros el latino, yo me quedo con el que abraza las notas como si fueran delicadas nubes a punto de romperse: “Pero cuando entoné su melodía, recobré aquella luz del deseo de habitar en el sueño sin miedo a desaparecer”. Gigantesco.
En el Milano gozamos (a pesar de los dos llenazos) de un sonido impecable que reforzó la maestría del majestuoso conjunto. Esperemos que, en el futuro, cuando la gira esté rematada añadiéndole otros títulos, volvamos a disfrutar del embriagador local y del eterno Santiago Auserón.
Dice que no se cuida. Ni lo parece ni hace falta, debe ser que el swing purifica la sangre.
Gracias maestro.







Autores de este artículo

Barracuda

Montse Melero
Hacer fotos es la única cosa que me permite estar atenta durante más de diez minutos seguidos. Busco emoción, luces, color, reflejos, sombras, a ti en primera fila... soy como un gato negro, te costará distinguirme y también doy un poco menos de mala suerte.