La culpa es, posiblemente, de la literatura. O del cine, o de la música, ¡o del arte en general! Quién sabe. La realidad es que alguien tendrá que ser el culpable de que los seres humanos nos abastezcamos así, como bichos hambrientos, de la voraz necesidad de contar con figuras a las que idolatrar. Esos altares los tenemos ahí, construidos, barnizados con mimo, dispuestos para que llegue aquella persona que los cubra y les otorgue significado. Elvis Presley fue -y lo sigue siendo, qué diablos- esa persona. Y lo fue para mucha gente.
La HBO, de la mano de Thom Zimny -documentalista experto en Bruce Springsteen: ha recorrido su discografía incidiendo en Born to run, The river y algunos de los directos claves en la carrera de The Boss-, lanza ahora Elvis Presley: The searcher, un documental que trata de llegar a la carne de aquel ídolo, pero sin pasarse demasiado. No vaya a ser que nos distraigamos de lo verdaderamente importante aquí: la tridimensional figura histórica de Presley, su escultórica esfinge tallada en oro en los anales de la música.

Es irreprochable, en cualquier caso, el trabajo documental realizado por la HBO, coleccionando numerosas voces del prestigio del propio Springsteen, el llorado Tom Petty o Emmylou Harris para guiarnos a través de las peripecias vitales y musicales de Elvis. Porque así se articula el producto audiovisual: en la eficaz conjunción entre su pluralidad de voces y el amplio registro de imágenes y vídeos de archivo.
Si hay una idea que impera sobre las demás en Elvis Presley: The searcher es la de que el artista de Tupelo no llegó a ser lo que él habría deseado ser. Es una curiosa conclusión, vista desde la perspectiva de quien contempla a Elvis como un fenómeno de orden mitológico; incomprensible, quizá, para aquel que lo comprende como uno de esos artistas devoradores de vida que vivieron quemando sus ruedas hasta encontrar la temprana muerte. Cabe, pues, el apunte: ese no fue, en ningún caso, el trazado vital de Elvis Presley.
Lejos de esas bombillas de neón, el documental se toma la molestia de contextualizar su origen. El joven Elvis fue un niño pobre, familiar y religioso. Se marchó con su familia a Memphis en cuanto pudo y allí se topó con el éxito. Se topó también con Sam Phillips, productor y fundador de la Sun Records, encargado de catapultarlo desde el anonimato hacia las redes de la RCA y el coronel Parker, su lujo y su perdición al mismo tiempo.

La figura de Parker es fundamental para comprender la carrera de Elvis, y también esa contradicción mediante la cual el desarrollo de los acontecimientos choca con la pretensión que el propio músico habría tenido respecto a su carrera. Las referencias al Presley primigenio, aquel adolescente eléctrico que hacía música porque ‘era la única cosa que se podía hacer en el mundo siendo Elvis Presley’, están repletas del vitalismo correspondiente a una persona que se dedicó precisamente a eso: a insuflar vida al mundo de la música, a revolucionarlo, a coger el góspel, el rythm and blues y el country y sacudirlos con violencia hasta parir con elegancia a esa nueva y bella criatura llamada rock and roll.
Sin embargo, la puntería creativa de Elvis no se extendió mucho en el tiempo. Desde que abandonó a Sam Phillips, aquel productor que había comprendido con exactitud qué quería contar el músico, cómo quería contarlo y qué medios facilitaban que ese mensaje llegase con la mayor facilidad al que escucha, su carrera se dirigió por otros caminos que generaron en él una sensación lúgubre de frustración. El coronel Parker recogió el testigo de Phillips y convirtió el ascenso de Elvis en una fórmula matemática: midió cada esfuerzo, cada concierto, lo cercó hasta convertirlo en un producto intangible, un animal mitológico.
Pero lo que Elvis Presley buscaba no era adentrarse en ningún libro de historia: él lo que quería era hacer música y que su familia no volviese jamás a ser pobre. La libertad intrínseca a la creación musical chocaba, en cualquier caso, con la planificación estricta de Parker. Así que los años pasaron para Elvis de forma apesadumbrada: tras la trágica muerte de su madre -que lo destrozaría para siempre-, pasó dos años realizando el servicio militar. ¡Un artista en su apogeo, a sus 23 años! Así era Presley. Un ejercicio de contradicción perpetuo entre la liberación a la que conducía su música y su condición de persona tradicional, criada en los sermones clericales de Tupelo.

Un análisis a vuelapluma de la psicología de Elvis conduce directamente a la conclusión de que la suya fue una de esas carreras meteóricas que se estrellan al querer gestionarse en exceso, en la búsqueda ansiosa de la mercantilización. Él fue quizá el primero en convertirse en un animal mitológico dentro del mundo de la música -a su contemporánea Marilyn Monroe le pasó más o menos lo mismo, aunque en el cine-. Después vendrían Michael Jackson o Whitney Houston: astros de talento irreductible sometidos a la capitalización salvaje de su condición. Como meter a un elefante en una cajita musical.
Así que Elvis se desmoronó, empezó a hacer películas cutres, a perderse en la búsqueda de aquello que ya había encontrado y, sin mayor explicación, había dejado que le arrebatasen: la gloria celestial de hacer música por el mero hecho de crear, de brotar, de revolucionar. A él, como a todos nosotros, también se lo prometieron todo: esperó y esperó, pensando que algún día tendría que llegar algo que justificase toda esa espera congestionada. Pero nunca llega.
Así que los cronistas se dispusieron a escribir chorros de tinta sobre el delirio desatado con sus espasmódicos movimientos de cadera, sobre su voz dolorosa arrancada de las entrañas de América. Y mientras, Elvis siguió siendo siempre el niño pobre de Tupelo que quería que su madre no volviese a pasar hambre jamás.
Así murió en Graceland, su Xanadu particular: la pirámide egipcia construida para el culto a la figura que se esculpió en torno a él, triunfante, espléndida, mientras el Presley real todavía se revolvía debajo del yeso. La cosa es así: Elvis murió de mitología, porque algún día alguien decidió por él que no debía pertenecer más tiempo a la realidad terrenal. Así que lo arrancaron de ella. Y que los cronistas sigan escribiendo.
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