En tiempos en los que cualquiera se atreve a crear “música” apretando un botón, que un festival cumpla 10 años, a base de apostar por fierezas tipo rhythm & blues, garaje o punk, es un auténtico milagro.
Para conmemorar el feliz aniversario, la intrépida organización programó un suculento menú dividido en tres escenarios: Pararel·l 62, Sala Upload y Poble Espanyol.
Qualsevol Nit se desplazó a la ex Barts para asistir a la jornada de inauguración. En ella participaron los desvergonzados barceloneses Pantocrator, el histórico grupo de Gràcia Los Retrovisores y la legendaria banda norirlandesa The Undertones que pisaban suelo barcelonés después de más de 15 años sin hacerlo. Esa tardía visita justificaba nuestra presencia y ofrecía más énfasis, si cabe, a la fiesta. Sube el volumen.
Pantocrator
Como si hubieran sido tele transportados (Star Trek style) desde principios de los 80, Pantocrator son una recreación de aquella desfachatez regocijante que, a los que ya no peinamos ni un pelo, tanto nos satisfacía. ¿Imperfectos? Muchísimo. ¿Divertidos? No pueden serlo más.
En su caso lo importante no es ser un músico virtuoso ni afinar el canto. Su propósito es, sencillamente, el de entretener, a fe que lo consiguen. Si toca interrumpir un tema, se interrumpe. No existe ninguna regla que cumplir, la improvisación por bandera, tocaron todos sus hits, eso sí. Se lo pasan pipa ellos y de rebote nosotros. No podemos pedir más porqué lo ofrecido es suficiente.
A punto de recibir la primera paliza de improperios, asevero: el verdadero movimiento urbano es el punk y sus variantes próximas. No me vendan fantasías de medio pelo que, a estas alturas, ya cansan. El urbanismo sonoro sólo debería ser permitido a arquitectos zumbados, como estos adoradores de la imagen divina de estilo románico o bizantino. A reírse que son cuatro días.
Los Retrovisores
La explosiva versión de Hey Bunny (Los Gatos Negros) con la que Los Retrovisores abrieron la veda, dio paso al mejor soul-pop que podemos escuchar por estos lares.
La nutrida banda (11 elementos) hacía dos años que no se subía a un escenario y su estado mental estaba agitado, ansioso, hasta el punto que quisieron derramar todo el sudor posible para complacer a la audiencia, vaya si lo hicieron.
Su actuación fue una gloriosa eclosión de música dinámica, grácil, apabullantemente vital, deudora del legado de un Bruno Lomas (Víctor, su cantante es gran fan del malogrado artistazo de Xàtiva), Los Gatos Negros, Cheyennes, Los Bravos, Los Brincos o Los Pekenikes. Grupos apartados de la memoria colectiva y que les darían un repaso a las momias rítmicas actuales.
Lo suyo es una respetuosa y efervescente mirada hacia atrás que bascula entre el homenaje y la búsqueda del tesoro perdido. Un huracán sónico que no inventa nada, ni falta que hace. Escuchen Me olvide de ti y lo entenderán todo. Si el pop agoniza (la metafísica es un dislate) no será por culpa de los autores de Sonido Joanic. Enormes.
The Undertones
Feargal Sharkey, alma máter de The Undertones, peina canas (64), pero no ha perdido capacidades (el micro lo notó), liderazgo, ni una pizca de la mala leche irlandesa que siempre ha poseído; pronto entraremos en detalles.
El show empezó a ritmo de vendaval con When Saturday comes, Jump boys, Jimmy Jimmy, Teenage Kicks o Get over you, gloriosos balazos de menos de tres minutos que no necesitan aderezo ninguno. Canciones pegadizas embaladas por el rugir de rabiosas guitarras que, a modo rodillo, van triturando todo lo que les pasa por delante. Aquí no se necesitan punteos absurdos ni veleidades de malabarista. Puñetazos al pecho, punto. Lo más terrible es que, pasados más de cuarenta años, nadie se ha acercado a ese letal efecto que ilumina el rock más puro. Ruido del bueno, ya me entienden.
Cuando augurábamos un concierto histórico (acabó siéndolo) el sonido, que hasta ese momento había sido primoroso, les jugó una mala pasada. El entuerto duró una media hora y cortó la salvajada de un tremendo tajo. Acabado el suplicio, las aguas parecieron volver a su cauce y la algarabía volvió a hacer acto de presencia, quizá demasiado.
Un individuo, quien creyó que el punk todavía existe, lanzó un buen chorro de cerveza sobre el cuerpo de Sharkey. El intérprete pidió calma mientras se secaba la pechera. La respuesta del enervado espectador fue tirarle el vaso ya vacío. Sharkey, cabreado, se largó; aquello pareció ser el final. Muchos desfilamos hacia la calle deprimidos y enfadados. A los pocos minutos, se nos anuncia que Feargal volvía a dar guerra.
Desafiante y con un par de bemoles por delante firmó un final catártico con Here comes the summer como principal ariete. El que quiso arruinar la noche quedó en evidencia. Lo cierto es que, en el fondo, todos queríamos un poco de batalla y la hubo, como en los viejos tiempos. El Gambeat inició su décima andadura muy gamberro. Inolvidable.
P.D.: Los que quisieron apartarse un poco de la tralla, pudieron contemplar una hermosa exposición fotográfica con espléndidos trabajos (algunos picantillos) de artistas como el malogrado Xavi Mercadé y nuestro querido Aitor Rodero, fotógrafo oficial del evento desde hace cinco años. Bonito regalo visual.
Autores de este artículo

Barracuda

Marina Tomàs
Tiene mucho de aventura la fotografía. Supongo que por eso me gusta. Y, aunque parezca un poco contradictorio, me proporciona un lugar en el mundo, un techo, un refugio. Y eso, para alguien de naturaleza más bien soñadora como yo, no está nada mal.