Unos minutos después de las 21:30, las pantallas del Estadi Olímpic Lluís Companys se encendieron y el estadio rugió como si ya estuviéramos en el estribillo. Imagine Dragons volvió a Barcelona y lo hizo por todo lo alto: con un sold out rotundo, fuegos artificiales, confeti y una entrega absoluta que fue mucho más allá del espectáculo.
El primer tema, Fire in These Hills, encendió la mecha. Cuando Dan Reynolds apareció en pantalla, el público estalló. Confeti al cielo, luces por todas partes, y miles de personas levantándose como si los hubieran llamado por su nombre. Con Thunder, el primer gran hit de la noche, llegaron los fuegos artificiales. A partir de ahí, el concierto fue un viaje de energía imparable.
Hubo momentos de pura fiesta, como Take me to the beach, con pelotas gigantes surcando el aire sobre un mar de manos alzadas. Otros de épica pop-rock, como Shots o Bones, donde la gente cantaba cada palabra con la intensidad de quien se reconoce en ellas. Y otros, como I’m so sorry o Sharks, donde la banda sacó su faceta más cruda y rockera, con riffs afilados, fuego real en el escenario y un Dan Reynolds ya sin camiseta entregándose por completo.
Entre canción y canción, el frontman se dirigía al público con un español titubeante pero cálido: “mi español es muy poquito”, confesaba entre risas. Aun así, no necesitaba hablar demasiado: su lenguaje era el cuerpo, la voz, los gestos. Cuando recogió una bandera LGTBIQ+ del público – sin ondearla, pero entregándola a otra zona – , dejó claro que esos gestos también importan. Más aún sabiendo que Reynolds creció en el seno de la Iglesia Mormona, pero la abandonó precisamente por no poder aceptar sus enseñanzas hacia los jóvenes LGTBIQ+, entre otros motivos. “Hay partes que son muy dañinas”, ha dicho en más de una ocasión. A su lado, sus compañeros de banda tocaban con banderas arcoíris y trans en sus instrumentos. El mensaje era claro, aunque no se gritara: aquí cabemos todxs.
En el bloque acústico, el estadio cambió el pulso. Durante Next to Me, el silencio fue total, casi reverencial. No por falta de entusiasmo, sino por respeto a la intimidad del momento. Las linternas de los móviles iluminaron el estadio como un cielo estrellado. Reynolds preguntó quién había venido con amigos y soltó, entre risas: “¡Muchos grande amigos!”. Luego empezó a recitar el primer poema en español que aprendió en el instituto: “Yo soy un hombre sincero, de donde crece la palma…” Fue un momento un poco torpe pero íntimo.
Después vinieron I bet my life, Bad Liar y Wake Up, construyendo un crescendo emocional que desembocó en Radioactive, con Reynolds acabando con una batalla de batería. Y entonces llegó Deamons, que la empezó en el piano. El Estadi entero cantando a grito pelado. Dan, visiblemente emocionado. El nudo en la garganta ya era colectivo. Después vino un mensaje que se ha convertido en parte esencial de sus conciertos: salud mental, depresión y la importancia de pedir ayuda. “Estar en terapia no te hace débil, te hace sabio”, dijo. “Your life is worth living”. En la pantalla, una pancarta del público respondía “I love you. We love you. Stay Alive”, palabras que Reynolds repitió varias veces.
Para el final guardaron una traca de hits imbatibles: Natural, Walking the Wire, Sharks, Enemy, In Your Corner, Birds… hasta que llegó el momento culminante. Believer cerró la noche como un himno que mezcla rabia, ternura y resistencia, dejando al Olímpic entero cantando hasta el último segundo.
Anoche, Imagine Dragons no solo ofreció un concierto memorable. Entregó cuerpo, alma, piel y pensaje. Y el público de Barcelona respondió con el mismo corazón abierto. Fue un recordatorio de que estar vivos, a veces, puede sentirse así: ruidoso, vibrante, lleno de fuego… y profundamente humano.
Autores de este artículo
Lídia Moreno
Víctor Parreño
Me levanto, bebo café, trabajo haciendo fotos (en eventos corporativos, de producto... depende del día), me echo una siesta, trabajo haciendo fotos (en conciertos, en festivales... depende de la noche), duermo. Repeat. Me gustan los loops.





