Música para cine y todo lo demás

Los Oscar han desaparecido un año más, dejando tras de sí mucho ruido en redes sociales y alguna que otra reivindicación vacía. Sería algo obvio señalar la distancia entre unos premios de corte tan industrial y el hecho cinematográfico per se, así que vayámonos directos a apuntar una serie de cuestiones que han sobrevolado esta última edición.

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En primer lugar, acerca del triunfo de Green book, se escuchan aletargados quejidos que aseveran que esta es una decisión conservadora. Matizo la expresión: esa es una decisión netamente reaccionaria. Los mismos premios que dirigieron su politización hacia el progresismo hace dos años con el galardón recibido por Moonlight han optado, en esta ocasión, por entregarse a los brazos de una película que, no sólo resulta complaciente con el status quo, sino que opera en los márgenes del blanqueamiento de políticas raciales próximas a la gestión de Donald Trump. Todo ello sin referirnos a los criterios artísticos que, a priori, deberían primar en unos premios que alardean de ser el mayor foco mediático de la cinematografía mundial. Esta cuestión parece muy alejada de cualquier plano del debate, a decir verdad.

Pero olvidemos el naufragio político y vayámonos a la música, que no deja de ser lo que, en última instancia, nos incumbe aquí. La música, nótese, como elemento expresivo netamente cinematográfico. Una vez más, brechas en el espacio: tan grande es la distancia entre la teoría y la aplicación práctica que, en efecto, Black Panther se ha llevado el Oscar a la mejor banda sonora de todo 2018. En ocasiones resultaría verdaderamente fascinante que cada galardón viniese acompañada por un breve texto explicativo que resumiese las virtudes en base a las que un trabajo es premiado –o acaso nominado– por delante de otros. En este caso concreto, nos ayudaría a entender algo acerca del premio recibido por la partitura de Ludwig Goransson para el penúltimo pepinazo de Marvel –y el primero que logra filtrarse en una temporada de premios–.

La trayectoria de Goransson (nacido en Suecia en 1984) no nos hace intuir a un compositor del nivel que requiere un Premio Oscar: apenas un trabajo con Karyn Kusama –en la dudosamente ejecutada Jennifer’s body– y una serie de incursiones en el mundo de la comedia romántica destacan en una filmografía cuyas cimas son, sin algun tipo de duda, sus colaboraciones con Ryan Coogler –a la sazón, director de Black Panther, así como de Fruitvale station o Creed–. En cualquier caso, no parece que la escasa trayectoria de Goransson sea motivo suficiente para desprestigiar el premio recibido por su última banda sonora. Quizá los astros se alineasen y la inspiración divina descendiese sobre su cuerpo para la causa. No es el caso. Exploremos, pues, la raíz de las cosas: ¿qué hace que una banda sonora funcione dentro del engranaje de una película?

Más allá de aspectos subjetivos –que los hay, como siempre ocurre en un mundo tan entregado a la percepción como el del arte–, podemos concluir que el principal razonamiento para catalogar a una banda sonora como ‘buena’ sería el siguiente: una BSO funciona cuando comprende las demandas que la película en la que se incrusta le exige. Es decir: cuando el compositor entiende el tono de la cinta y escribe la música en función de él, comprendiéndola como un recurso expresivo fundamental; como una herramienta cinematográfica y comunicativa primordial para que el espectador acceda a la atmósfera planteada lo antes posible.

En ese sentido, cabe preguntarse cómo es posible que las partituras de Alexander Desplat (Isla de perros) o Nicholas Britell (El blues de Beale Street), ambas competidoras de la de Ludwig Goransson, han sido desestimadas en favor de Black Panther. Servidor no posee argumentos para sostener esta decisión. Hablamos de dos trabajos en los que Wes Anderson y Barry Jenkins (directores de las dos películas mencionadas) se apoyan enormemente a la hora de hacer llegar al espectador aquello que buscan contar. Desplat comprende a la perfección la tesitura cómico-trágica que diseña Anderson (y ya triunfó de su mano en los Oscar gracias a su espléndido trabajo en El gran hotel Budapest). Por su parte, Britell dibuja los territorios afectivos escritos por Jenkins con una abrumadora delicadeza, siendo uno de los principales artífices de la capacidad de El blues de Beale Street para exudar inocencia y libertad.

Por su parte, Goransson escribe una de esas bandas sonoras que parecen acompañar a la narrativa de la película de manera paralela a su lenguaje visual. Lejos de comprenderse como un todo, la música y la imagen de Black Panther se enlazan con gesto algo espasmódico, combinándose canciones originales –escritas por el rapero Kendrick Lamar en su versión más decididamente industrial– con la partitura de Goransson. El resultado: un cóctel carente de empaque que apenas funciona como recurso expresivo sino que se limita a subrayar aquello que ya comunica la imagen.

Cabe plantearse, de hecho, si todas estas decisiones –incluir a Lamar, mezclarlo un poco todo…– no obedecerán a un impulso comercial antes que artístico, como corresponde a una película de Disney-Marvel. Lo mismo ocurre, por supuesto, con El regreso de Mary Poppins. Otro refrito de Disney y otra de las nominadas. En su caso, la incapacidad para siquiera atisbar el encanto, la frescura y el poder discursivo de la película original aplastan por completo el esfuerzo cabaretero de Rob Marshall y, por supuesto, hacen lo propio con la banda sonora compuesta para la causa por Marc Shaiman. Difícil aplicarle vida propia a algo que nace con voluntad de ser copia de otra cosa.

Bla, bla, bla. Intento no generar más ruido del que yo mismo escucho y, sin embargo, parece imposible acercarse a un artefacto tan ligado a la competitividad y el ejercicio comparativo; algo tan alejado del cine como lo son los premios Oscar. Nos queda sentarnos, ponernos el enésimo vídeo –¡el definitivo!– de Lady Gaga y Bradley Cooper interpretando Shallow e intentar buscar algo de verdad. El Oscar a la mejor canción se fue para ella, que ya es la primera mujer en ganar Emmy, Globo de Oro, Oscar, BAFTA y todo lo que se te ocurra en el mismo año. Ha nacido una estrella se desinfló en la carrera de premios –’inflarse, desinflarse’: las películas como artefactos publicitarios–, pero Gaga terminó por llevarse su figurita dorada a sus vitrinas. 

En definitiva: no sé muy bien por qué las ganadoras de los Oscar acaban ganando sus Oscar. La vida es un crucigrama imposible de desentrañar. El desenladrillador que la desenladrille. Yo me quedo con los relámpagos de belleza que atraviesan la noche oscura.

Imagen de portada © Mario Zucca

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