Hace tres años tuve la suerte de escuchar a Myles Sanko por primera vez en directo. Aquel exuberante concierto en el Jamboree Jazz no dejaba lugar a dudas: estábamos ante una nueva gran estrella del soul. Sus siguientes actuaciones y la aparición del segundo larga duración, Just being me (Légère Recordings, 2016), no hicieron más que confirmar dichas expectativas. Probablemente no tenga el fulgor de Forever dreaming (autoproducido, 2014), pero la calidad volvía a ser innegable, asegurando un futuro brillante.
El ghanés nacido en Accra (aunque afincado en Cambridge), no es el típico artista revisionista de recortar y pegar. Sanko es creador, su voz le distingue al instante, su magnetismo te apresa. Las fuentes de las que bebe no están ocultas, son las mismas para todos los seguidores del género, pero posee una personalidad palpable, innegociable. Entre nosotros habita un dignísimo heredero de Chuck Jackson, Bobby Bland o Marvin Gaye a quien, con tan solo 37 años, le quedan muchas estrofas por entonar. Volará aún más alto.
Los seguidores aumentan y su última función en la Sala Bikini, dentro del marco del festival Crüilla de Tardor 2018, obtuvo otro clamoroso éxito, tanto artístico como de público. Aparcó griteríos, utilizando el medio tiempo sin rubor. Dominó las tablas firmemente, dejando a los presentes boquiabiertos. Sus alegres rostros, después de finalizar con hits del poderío de Forever dreaming (donde utilizó a la audiencia cual coro góspel) o High on you (remate de 2013 convertido ya en clásico), delataban felicidad. La música distinguida y bien elaborada produce estas sensaciones.
Arropado por una excelente banda de seis elementos, que brillaron gracias al habitual buen sonido del local, Myles Sanko impartió lecciones de fraseo y prestancia repasando los éxitos más emblemáticos a la espera del nuevo disco prometido para el próximo año. Su aterciopelado timbre jazzístico a veces recuerda a Gil Scott Heron (Just being me), otras a Bobby Womack (Save my soul), aunque nunca dejará de sonar a la idiosincrasia del protagonista (Promises).
Únicamente utilizó la fácil solución del cover para recrear satisfactoriamente el Move on up de Curtis Mayfield, temeridad que en manos de otro sería un suicidio. Con la precisa ayuda de los vientos soplados por Gareth Lumbers (saxo) y Sam Ewens (trompeta), salió del envite redivivo. No es nada sencillo intentar emular a un dios.
La característica esencial de Myles Sanko es su capacidad creativa. Conseguir hacer callar al auditorio con piezas profundas de propia autoría tipo This ain’t leaving, tiene mucho mérito. Ésa es la gran diferencia entre un auténtico músico frente a los fotocopiadores habituales. Soberbio.
Los organizadores del evento acertaron en invitar a The Excitements como teloneros de lujo, banda con diez años de trayectoria que funciona a modo de reloj suizo. Aval suficiente para poder presentarse por sí sola, sin acompañantes estelares en el cartel. A base de mezclar el sonido J.B.’s con el northern soul, los barceloneses arrebataron desde el minuto uno.
La mozambiqueña Koko-Jean Davis, es su cantante y bailarina, un remolino torrencial, deudora del estilo de Sugar Pie de Santo (algún día le harán justicia) o una Tina Turner primeriza, espejo donde se refleja, halago nada gratuito. Vocalmente transita entre la de Nutbush, Tennessee, y James Brown. No, no nos hemos vuelto locos. Hablamos del compendio agresivo entre la vocalización femenina y la rotundidad feroz de la masculinidad. Esa mezcla poco habitual, nos habla de capacidad de registros e invita a destrozar los huesos del esqueleto. Una fiera escénica.
Gran velada de puro soul sin tratamientos. Si todos los revivals tuvieran este nivel, un coro de gallos nos cantaría.









Autores de este artículo

Barracuda

Aitor Rodero
Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.