Este año, el 54 Voll-Damm Festival de Jazz de Barcelona cuenta con un estelar elenco de vocalistas femeninas: Madeleine Peyroux, Cécile McLorin Salvant, Dianne Reeves, Melody Gardot y la jovencísima (22 años) Samara Joy. Quinteto de altos vuelos.
Samara, artista de corte clásico equiparable a intérpretes legendarias tipo Sarah Vaughan, Ella Fitzgerald o Carmen McRae, acaba, prácticamente, de iniciar su carrera y ya observa el cielo de cerca.
En 2019 ganó el primer premio de la Sarah Vaughan International Vocal Competition. Seguidamente graba Samara Joy (Whirlwind Recordings) y hace pocos meses aparece su segundo álbum, el rutilante Linger Awhile (Verve, 2022). A pesar de este corto bagaje, la calidad de sus prestaciones interpretativas, ese retorno a las raíces que está presente en los discos (repletos de standards y del espíritu góspel heredado de sus padres y abuelos) hicieron de su primera presencia en el festival barcelonés, un verdadero acontecimiento.
En el Conservatori del Liceu estuvo acompañada por Vincent Bourgeyx (piano), Mathias Allamane (contrabajo) y Malte Arndal (batería).
El futuro en sus manos
Al finalizar el concierto una mente sabia reflexionaba: “es maravillosa pero su discurso musical resulta anacrónico”. ¿Tiene sentido esta contradicción? En principio no lo parece, sin embargo, la sentencia puede explicarse. Si se compara con el riesgo que toma, por ejemplo, la citada Cécile McLorin Salvant, es cierto que pierde la partida. Samara ha comenzado su periplo apoyándose en clásicos conocidos por casi todos y en este punto podríamos encontrar un debe. Por el contrario, McLorin (con más bagaje) compone y escudriña más por terrenos renovadores.
De todas maneras, el modo de encarar temas como April in Paris (con estrofas cantadas en francés) Guess who I saw today (Nancy Wilson) o Retribution (Abbey Lincolin), denotan, a estas alturas, personalidad propia; los experimentos llegarán por sí solos.
En el campo donde no tiene ni tendrá rivales es en el dominio de la voz, estas capacidades resultan incalculables. Su canto limpio no necesita utilizar recursos como el scat, las filigranas vocales no huyen del texto, son supersónicas.
La imponente Joy apenas se mueve en escena, ni falta que le hace. Únicamente con sus cambios de registros sonoros, en una sola estrofa, ya verificados en Can’t get out of this mood (segundo tema de la noche) te atrapa, no puedes apartar los ojos de ella. Es la reina, su adecuado trío acompañante queda oscurecido por una magna sombra que taparía hasta un estadio de grandes dimensiones.
Lo sencillo sería equipararla con Vaughan. La facilidad con la que intercambia las notas agudas y graves son, sin duda, similares al portento de New Jersey, no obstante, puestos a buscar paralelismos, quizá también los encontraríamos en la figura de un insigne caballero: Frank Sinatra.
Sinatra era un experto en introducir melodías. En dichos preludios, sabía contar historias y así empatizar con el público, a parte, por supuesto de cantar como Dios; da la impresión que Samara Joy ha estudiado ese comportamiento detenidamente.
Se le ha pegado el viejo y saludable vicio (enterrado) de narrar cantando y contarnos porqué canta lo que canta. Destila dulzura, simpatía a toneladas y todo ello surgiendo de forma natural, no conoce la impostura. Sus comentarios sobre el día que había pasado en Barcelona, visitando monumentos de Gaudí o comiendo pulpo fueron clara muestra de cordialidad.
Quizá todavía no ha conseguido llegar al tono determinante que la distinga de las demás cantantes del género, aunque ya apunte algunas señas identificativas. El control del legato es perfecto (ideal para musicales y pinitos operísticos), los gratos y también poderosos trinos distinguirían cualquier espiritual y, ante todo, unos primorosos filados de acabado punzante que podrían marcar época.
Dentro de un repertorio inmaculado, destacaron la “swingueante” Tight, una sedosa interpretación de If you’d stay the way a dream, el díptico de Monk Woory later/ Round Midnight (espeluznante relectura), Autumn nocturne (su estación preferida, el calor de Barcelona en esta época le sorprendió) un blues final estratosférico y el bis, pequeña exposición del Day by day.
El respetable, enfervorizado por la exhibición, despidió al cuarteto puesto en pie. Acabado el show, Samara firmó discos y se fotografió con los que quisieron. Su cara de agradecimiento y bienestar lo dijo todo. Noche feliz.
Joan Anton Cararach, director artístico del festival, prometió, en la presentación, que si triunfaba volvería pronto. No tardará, se lo aseguro.





Autores de este artículo

Barracuda

Marina Tomàs
Tiene mucho de aventura la fotografía. Supongo que por eso me gusta. Y, aunque parezca un poco contradictorio, me proporciona un lugar en el mundo, un techo, un refugio. Y eso, para alguien de naturaleza más bien soñadora como yo, no está nada mal.