Francisco Casavella me descubrió a Julio Bustamante. El cantautor valenciano (que incluyó su nombre de pila al aparecer el Bustamante de OT) grabó Cambrers, su primer disco, en 1981. No fue hasta pasados casi veinte años, concretamente en el 2000, cuando abracé sus peculiares trovas y esa voz enternecedora que nadie puede ni podrá imitar. Mi amigo encontró, en el LP La vida habla, una canción a ritmo de suave reggae (nuestro estilo preferido por aquel entonces) titulada Tardes azules con Piniwies, el flechazo fue instantáneo.
Reconozco que a partir de aquel maravilloso instante no he seguido la carrera del poeta tal como merecía, aunque siempre ha estado presente entre mis autores de cabecera.
La aparición de Sueños emisarios (El Volcán Música, 2022) concebido junto a su actual grupo Lavanda (The Band mediterráneamente) y su presencia en Sidecar, me llevaban, obligatoriamente, a retomar el viejo romance.
El nuevo vinilo (único formato aparecido en el mercado) se ha editado con una portada naif, dibujada por el mismo Bustamante y está compuesto por doce temas frescos, lúcidos, vitales, manejados de modo superlativo por un señor que ya ha pasado la barrera de las setenta primaveras. Virtudes de catedráticos.
El sonido y las estrechuras del local escogido iban a poner a prueba estos novedosos y recientes sueños.
Julio Bustamante entre amigos
Fuera por el puente (más bien acueducto), el desconocimiento o circunstancias que se nos escapan, el Sidecar mostró una entrada muy pobre. Aunque el positivo artista nos confesó, al finalizar la actuación, que se encontró bien y aún esperaba menos público, un servidor sintió frustración y mucha pena. Tristeza por el poco interés que despiertan las propuestas con sabor a poema y por un artista único que hacía tres años que no visitaba Barcelona.
A pesar de esta situación los asistentes, que tienen a Don Julio en un pedestal (lo merece), pudieron pasar dos horas felices.
El pop arrinconado
Bustamante se quejó, abiertamente, de algún encontronazo con el guitarrista (el escenario no da para más) y del excesivo volumen de la percusión que tapaba su voz. Dos problemillas que no impidieron el buen desarrollo del concierto, show basado en su última entrega y al que añadió, en su parte final, alguna joya del pasado más o menos reciente.
“La juventud no quiere saber nada de baladas” afirmó el valenciano después de deleitarnos con Somriure astut (2014). Añadiríamos que ni de baladas ni de pop sabio. Sus canciones tienen cierto regusto a movida madrileña (las épocas no mienten) pero, aunque de corte se puede asemejar, su estilo es más fresco e inmarchitable y la magnitud de las letras no resiste comparación. No es necesario trasladarse a esa época, canciones recién estrenadas como París eres tú (excelente trabajo “parisino” de Ferran Pardo con la melódica) deberían gustar a la juventud actual y sonrojar a más de tres: “París eres tú cuando me pierdo en tus ojos, mientras te beso las manos y te agradezco la vida”.
Versos que no riman con exactitud porqué son historias contadas tal cual, sin necesidad de utilizar perfeccionismos baratos que no llevan a ningún lugar seductor. Cualquiera de las nuevas piezas poseen ese atractivo: Si o no, A tiempo de saber o esas Órbitas elípticas que delatan lo joven que todavía se siente nuestro maestro: “Y no me extrañaría que un buen día ocurran grandes cosas en mi vida”. Las musas le siguen visitando diariamente.
Julio Bustamante estuvo muy bien acompañado en el escenario: Montse Azorín a las voces, su hijo Lucas Balanzá en el bajo, Andreu García a la guitarra y ukelele, Antonio J. Iglesias en la batería y el citado Pardo en los teclados. Ellos forman Lavanda, un conjunto muy bien avenido, ideal para la propuesta sonora de su afectivo jefe.
Acabado el repaso a los flamantes sueños, Bustamante dedicó el tramo final a rescatar alhajas de su tesoro, donde apareció su lengua materna: el valencià.
Pudimos escuchar Superulls del Rodalíes, Veu de neu (magnífica Azorín), La misión del copiloto o la maravillosa Avions.
También aparecieron, Itaxi, En el nombre del gato, la trepidante La selva, terminando con Supervivents y Aviones de papel.
Debido a la presentación de Sueños emisarios (no lo dejen escapar si todavía creen en la música sincera) muchas de sus creaciones más conocidas se quedaron en el tintero. Esperamos que nos las cante en otra ocasión no demasiado lejana en el tiempo.
Fuera de modas, contra viento y marea, con público o sin él, Bustamante, el único, seguirá impartiendo lecciones de categoría y humildad por dondequiera que vaya. Le propongo el salón de mi casa.







Autores de este artículo

Barracuda

Marina Tomàs
Tiene mucho de aventura la fotografía. Supongo que por eso me gusta. Y, aunque parezca un poco contradictorio, me proporciona un lugar en el mundo, un techo, un refugio. Y eso, para alguien de naturaleza más bien soñadora como yo, no está nada mal.