La pregunta siempre está presente: ¿Hay futuro para el rock? ¿Son las guitarras un instrumento del pasado? Quien asistió al doble concierto de Kate Clover y The Lizards en la Sala Upload probablemente responda unos categóricos “sí” y “no” a las anteriores preguntas.
A pesar de la extrema brevedad de la actuación de Kate Clover y su trajeada banda, que dejó al público con ganas de más, la actuación fue vibrante y energética. Esforzados trabajadores del punk-rock, con esa actitud macarra que dan las tablas tras muchas horas en el escenario, sobre todo en el caso del guitarra solista, Giuliano Scarfo, que no dudaba al acercarse a las primeras filas empuñando su guitarra como si fuera Excálibur y sus decibelios le otorgaran el poder absoluto sobre todos los presentes. Y así era, porque su chulería se basaba en una utilización brillante de la Telecaster que recordaba al admirado Wilko Johnson, con un sonido bronco, entrecortado y tremendamente rítmico. Sin duda, uno de los grandes activos del combo de Kate Clover.
Por su parte, la líder del grupo ejercía de contrapunto melódico. No le acompañó en exceso la voz, cuyo escaso volumen no lograba sobreponerse a la descarga sónica. Sin embargo, su magnetismo y entrega hicieron que ejerciera de una especie de Debbie Harry, hipnótica y potente, merecedora de todos los focos. Como en el caso de Blondie, Clover y su banda son capaces de crear hits fácilmente tarareables que, además, están sostenidos por una base rítmica irresistible.
Comenté anteriormente que su actuación fue breve. En su caso, cabe decir aquello de “si breve, dos veces bueno”, o, como decía Bowie, “siempre hay que dejar a la audiencia con ganas de más”. Su actuación me dejó claro que son cita ineludible la próxima vez que vuelvan.
Si Kate Clover y su banda se podrían definir como punk chic, las The Lizards, que abrieron la noche, me recordaban a la contundencia sónica y escénica de Motörhead. Qué pedazo de power trío, que se comieron al respetable, al que echaron en cara la típica inacción del público barcelonés, al que le cuesta dejarse ir, aunque tengan delante una apisonadora, como era el caso.
Pero ellas, a lo suyo, a disfrutar del escenario y de sus píldoras de energía rock, en una lucha titánica entre Carla Santacreu (guitarra) y Judith Jordan (bajo) para ver quién se entregaba más, siguiendo la contundencia a las baquetas de Edgar Beltri. Llevan muchos años recorriendo carreteras y tocan con la misma energía que si hubieran empezado a golpear sus instrumentos en un garaje hace apenas una semana. Sangre, sudor y rock para hacernos comprender que, si la música es transmisora de emociones, estos dos grupos tienen la capacidad para que así sea, con una mirada al retrovisor y otra a lo que está por llegar. Gran velada rockera la que nos depararon en la Sala Upload. ¿Del pasado? ¡Ni por un momento!











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