En estos días en los que apetece más estar dentro de un congelador que en cualquier otra estancia, la experiencia de asistir a uno de los conciertos de esta nueva iniciativa llamada Blaumarí Music, resulta como mínimo, un alivio bastante saludable. Tan solo por poder tomar una copa al lado de las aguas del puerto o encima de ellas (la plataforma del Village es muy agradable, aunque mece un poquito), vale la pena acercarse a esta “boutique” gastro-musical que acaba de nacer.
De los 17 espectáculos programados por la organización, acudimos al que ofreció el músico y productor neoyorquino Nile Rodgers, cofundador de los eternos Chic y que en su dilatada y exitosa carrera ha vendido más de 500 millones de discos; casi nada al aparato.
Hace cuatro años, en el Festival Jardins de Pedralbes, Rodgers ya reveló las credenciales que le han hecho inmortal. Los pesimistas de turno, podían augurar que, habiendo cumplido 73 junios, su potencial habría disminuido y se balancearía en su aura de genio intocable (ganada a pulso, por supuesto), todo lo contrario. Aupado por cientos de fans bailadores y algún que otro despistado, Nile y una banda de seis potentes elementos, más dos excelentes coristas (de las que brotó fuego negro de su garganta), se marcó un show tan americano como vistoso, fogoso y pleno de sabiduría musical que casi ensombreció lo anteriormente presenciado.
Lo gozado fue una tormenta luminosa de funk, pop, dance, rap y cualquier ritmo vertiginoso que pueda conjugarse con la palabra despiporre, una exhibición que debería conducir al rincón de pensar a una multitud de petardos (y no de verbena) elevados a la categoría de astros; pueden pensar en unos cuantos.
Les puedo jurar que de las veinte melodías, no hubo ningún desperdicio y podía haber tocado unas decenas más sin fallo. Lo suyo es de otra galaxia. Tanto sus propias composiciones como las producidas para amiguitos tipo Madonna, David Bowie, Duran Duran, Daft Punk o Beyoncé son auténticos números uno, de aquellos que sonarán y sonarán y nunca aburrirán (bonito ripio).
De Chic sonaron un grupo de ocho piezas encabezado por la mítica Le Freak y cerrado por la no menos legendaria Good Times, ritmo que sirvió a los The Sugarhill Gang para rapearnos aquello titulado Rapper’s Delight (El Gozo del Rollista en castellano). En el Port Vell alumbró los versos el mismísimo Rodgers con una clase colosal; cómo pueden observar no tan solo toca la guitarra de manera imperial. Por el medio aparecieron, entre otras, Dance, Dance, Dance, I Want Your Love (majestuosa) o Chic Cheer/My Forbidden Lover, un atracón, vaya.
Tampoco faltaron a la fiesta un medley formado por I’m Coming Out / Upside Down / He’s the Greatest Dancer / We Are Family, Thinking of You (Sister Sledge), Like a Virgin/Material Girl (Madonna), Notorius (Duran Duran), un fastuoso cover de Cuff It (Beyoncé), otro enorme del Get Lucky (Daft Punk) o la dupla Modern Love/Let’s Dance de Bowie que emuló, con acierto, uno de los teclistas. No les aburriremos con más títulos; sin apenas freno, la orgía encadenada fue escandalosa.
Quizá hubo algún episodio (corto) algo circense por parte del baterista, pero tampoco insultó a nadie y, de hecho, sirvió para animar todavía más a la hinchada que al terminar, se hubiera lanzado al mar por muy sucio que estuviese.
Nile Rodgers es un superdotado, de lo mejor que ha nacido en este planeta y lo único que podemos hacer es reverenciarlo. De rodillas siempre.
“Good times, these are the good times. Leave your cares behind, these are the good times” (Good Times, Chic)
* Dedicado a Pilar López
Autores de este artículo
Barracuda
Aitor Rodero
Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.





