Si algo distingue a Swans es que nunca han podido ser etiquetados. Siempre habrá algo que los ensamble a ciertos precursores (hablaremos de ello), pero, ni tan siquiera en sus inicios, más convencionales, por decir algo (superan las cuatro décadas activas), ni en el cambio de rumbo acaecido en 2010, se asemejan a nada concebido anteriormente; la clarividencia del señor Michael Gira tiene mucho que ver en ello.
Hipotéticamente, los shows programados debían servir para dar a conocer su última obra mayúscula titulada The Beggar (Young God Records, 2023), y, de hecho, así fue en el apertura del espectáculo. Sin embargo, conforme ha ido avanzando el viaje, nuevas composiciones han desbancado al repertorio originario, que ahora, parece inamovible. Profetizamos que variará en pocas semanas.
Quizá por el efecto Primavera Sound, jóvenes, cercanos a la treintena, acudieron a escuchar una propuesta sonora muy lejana a lo que les acostumbra a entrar por las orejas a esta edad; la coyuntura preside. Sea por el motivo que fuere, debemos congratularnos, el discurso musical no era fácil de asimilar. Comencemos.
Circunspecto, imperturbable a los aplausos de bienvenida, el oficiante prepara su partitura, afina la guitarra acústica y, en pocos segundos, saluda con un escueto “good evening”. Concentración absoluta y extremo silencio. Comienza la misa.
La primera descarga, que superó los 30 minutos, se basó en The Beggar (único título interpretado del reciente disco), versión abrupta que devino en una tormenta sonora de cuidado, tan ensordecedora como apetitosa. Los cánones ya estaban marcados. No iba a ser sencillo seguir al gurú Gira quien, agitando sus brazos cual árbol gigantesco enloquecido, condujo a su banda hasta extremos casi peligrosos.
Nos detenemos, al igual que hizo el líder, rebasada la hora de concierto, para presentar a los músicos: Kristof Hahn (lap steel guitar), Phil Puleo (batería), Christopher Pravdica (bajo), Larry Mullins (teclado) y Dana Schechter (multiinstrumentista).
Una velada con Swans no se puede leer, hay que vivirla, las palabras quedan muy cortas. Los decibelios, las distorsiones e improvisaciones abruman (cuesta hablar de un grupo de rock), la catarsis y permutas de género (si existen) desconciertan. Concretemos.
Cumplido el tiempo mentado (la ceremonia duró dos horas y media), un grito tan espeluznante como apaciguador (no es una contradicción), sirvió para emprender una parte que, sin perder intensidad, nos llevó a compases más armónicos en los que, incluso, pudimos mover la cabeza acompasadamente. En ella aparecieron The Hanging Man (single de 2019), y temas novedosos.
Swans siempre sonarán a ellos mismos, no obstante existen referencias que un oído fino debería detectar al instante. I am a tower (lap steel guitar distorsionada para bien) nos recordó a Lou Reed, Guardian spirit, a blues de altura (aplastante pero blues), Away sonó a folk de aires orientales (estupenda mezcla) y el arrebato final con Yellow red y Birthing a rememorar al The end de los Doors (estrofa no disimulada) o a un Leonard Cohen transfigurado. En el fondo, Gira podría ser un crooner de primera categoría. Estratosféricos.
Swans firmaron una actuación portentosa, llena de matices, ruido terapéutico, generosa y auténtica. Posiblemente, la ausencia de melodías manifiestas, no facilitaron el goce, pero si escucháramos con atención, encontraríamos cientos de motivos con los que disfrutar de esta, supuesta, locura.
Si alguna cosa podría preocuparnos es la falta de relevo. A estas alturas, nadie les llega, en osadía y experimentación (hablamos de grupos que congregan un buen número de fans), a la altura de los talones. No es una buena noticia.
P.D: El tenebroso juego con la electrónica de la artista sueca Maria W. Horn (que acompaña a los Swans en todo este periplo), valió de precalentamiento a los protagonistas. Síganla. No le tengan miedo a las sonoridades lúgubres, en ocasiones reconfortan.






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