Pantalones de chándal. Cinturas altas. Filas, Adidas y Nikes en los pies. Tres centímetros de tobillo al aire. Coletas altas y gomina, rayas de ojo peligrosamente largas. Aros de cinco centímetros de diámetro, bisutería y purpurina.
Una cola doble rodea Apolo, desde la entrada en Nou de la Rambla hasta las chimeneas de Paral·lel, en dirección al mar. Jóvenes de entre 16 y 22 años esperan. Queman cigarrillos y suenan botellas rellenadas. ‘Las niñas quieren tra’.
Alba Farelo (Vilassar de Mar, 1997) ya no es la joven que trabajaba en la panadería del pueblo. Dos años después del lanzamiento de su primer álbum Slow wine mixtape (autoproducido, 2016), Bad Gyal es capaz de sembrar el caos con un estrepitoso sold out en la Sala Apolo. Viernes trece en una Barcelona lluviosa pero a las ocho de la tarde en la Avenida Paral·lel, media hora antes de la apertura de puertas, la calle está que arde.
Dentro se acumula la impaciencia. Los fotógrafos se ahogan en primera fila, las barreras alrededor del escenario ceden a la presión de los fans. La media de edad sube. Hay algunas caras de 25, 30, incluso 40 y largos años. Mujeres preparadas para mover las caderas.
Los bajos que lanza el dj rebotan contra las paredes y unas alas de ángel mundial, plateadas y omnipresentes, presiden la sala proyectadas en el escenario.
A las diez de la noche se oye un rugido.
Humo, focos y una marea de móviles se levanta hacia el cielo y ella aparece, subida en una moto.
Sujetador de plumas, vaqueros altos, cadenas de brillantes, micrófono en diadema y las nalgas al aire. Tu moto, de su último editado Worldwide angel (Puro Records / Canada, 2018), suena en crescendo y Apolo revienta.
Se pasea de un lado a otro del escenario, como una leona, apretando el micro contra la mejilla, porque no suena bien. Aunque entre el playback y el cante de los fans se consiguen salvar los vacíos.
A las tres canciones entran sus dos bailarinas, y la coreografía se convierte en elemento indisociable del espectáculo, head top incluido. Mucho twerk y un autotune jadeante. Rude Teo se une al lío con el micro en mano, como si fuese una extensión de su cuerpo, haciendo gritar a la marea mientras Fake Guido cambia los ritmos y dirige el recorrido.
Durante hora y poco se suceden dancehall, EDM, dembow, reguetón. Pasa de un descanso que huele a Jamaica al trap más cercano de Nicest cocky. Un popurrí de música urbana cuya elección responde a un único criterio: el de Bad Gyal.
Jacaranda, Candela, Blink, Mercadona… Al entrar los temas más famosos el público grita, suelta caderas, móviles al cielo y de repente Bad Gyal se ha multiplicado por 30, 40, 50, reproducida en pantallas de brillo bajo y flash abierto.
“Gracias, muchas gracias, de verdad”, repite constantemente. Sonríe y sacude la melena. “No me pensaba que me pasara esto”.
Probablemente pocos lo pensaran. Desde que reventó las redes con su versión en catalán del Work de Rihanna, hace apenas dos años, Bad Gyal ha estado en el centro de discusiones de todo tipo. Desde icono e ídolo adolescente a símbolo de apropiación cultural de la estética urbana de una clase social a la que ella quizá no pertenezca.
Pero más allá de debates metafísicos hay una verdad palpable: que irremediablemente rebota el culo cuando suena su música. Defensores y detractores no pueden negarlo: aquí se ha venido a bailar.
Y el resultado es su Worldwide angel, un álbum en el que han hecho cola por colaborar productores de la talla de El Guincho o Florentino y que va un paso más allá del Slow wine mixtape de hace dos años.
Un sonido que, como dijera Yung Beef, puede cruzar fronteras.
Crudo y sin lírica. Porque da igual.










Autores de este artículo

Núria Ribas

Aitor Rodero
Antes era actor, me subía a un escenario, actuaba y, de vez en cuando, me hacían fotos. Un día decidí bajarme, coger una cámara, girar 180º y convertirme en la persona que fotografiaba a los que estaban encima del escenario.