Micah P. Hinson, más que raro es una incógnita. Muchos lo idolatran, a otros tantos les irrita, una circunstancia que acostumbra a concernir a los genios o superdotados y, casi siempre, a seres extravagantes. Sea como sea, lo cierto es que lleva quince años despertando interés y abarrotando salas; el llenazo en la sala Sidecar fue la enésima prueba de ello.
Alguien capaz de crear Beneath the rose (con la que suele iniciar sus actuaciones) no puede ser acusado de farsante, las musas no eligen a cualquiera. Sin embargo, encumbrarle a la categoría de genio es un craso error. Nadie puede serlo si no inventa nada, y el de Memphis no se caracteriza por el hallazgo, en su sentido más estricto. Llevar una guitarra con consignas anti fascistas ya lo hizo el gran Woody Guthrie hace muchos años y lanzar continuos improperios con la palabra fuck pegada a la boca tampoco se asemeja a la implantación de la sopa de ajo en nuestras vidas. Quizá es chocante cantar con un cigarrillo emboquillado pegado en la comisura de los labios, situar una lustrosa manzana verde encima de una mesilla en plan amuleto o acompañarse de una botella de leche Letona, pero acordarán conmigo que tales manías no son motivos para besarle los pies.
Tampoco deberíamos aplaudirle el canto desafinado como peculiaridad de estilo, en eso Dylan le podría regalar un máster titulado de qué manera se puede desentonar y emocionar a la vez. Hinson añade gallos, no efervescencia. Utilizar un micrófono estilo crooner vintage nunca le mejorará la voz ni pega con su look algo desmañado. Bonito era, eso sí. Situados en el desatino, no nos debemos olvidar del defectuoso sonido y de la desacertada ubicación del concierto. No conocemos el motivo exacto pero, conociendo la pegada comercial del cantautor norteamericano, se antoja incomprensible ubicarlo en un club con solera, aunque diminuto, donde sólo tienen visibilidad las primeras filas. Un conjunto de sardinas enlatadas intentando disfrutar de los poemas de un artista indie. Utilicen la imaginación.
Por suerte poco había que ver encima del escenario: Hinson y su guitarra. Sin embargo incluso esto jugó en su contra. Cierto es que a sus composiciones les va la desnudez musical, pocos arreglos necesitan esas canciones de tono espectral como On the way home (to Abilene) o Dyin’ alone, en las que pequeños toques de piano o violín les van como sortija al dedo. Mucho más fieles resultaron Oh, Spaceman (de lo mejor de la noche), Kiss me mother, Kiss your darling, Take off that dress for me (meritoria mofa de sí mismo) o la pretérita The day the volumen won, sita en el mini-álbum The baby & the satellite (Sketchbook, 2005).
En ese principio de siglo debemos situar la mejor cosecha del cantante que, con el soberbio Micah P. Hinson and the gospel of progress (Sketchbook, 2004), rompió algunos moldes de la country music colocándose, por méritos propios, a la sombra de Nick Drake o Bill Callahan por citar dos referentes. Su voz enronquecida quería llamar a la puerta de su idolatrado Neil Diamond quien lo recibió encantado unos tres lustros más tarde. El portón se ha cerrado casi definitivamente. Esa prometedora carrera se ha quebrado por sus ínfulas de figura perdedora que malvive de un pasado conflictivo y excesos que todavía perduran.
En su nuevo álbum, Micah P. Hinson se ha acompañado de un grupo llamado The Musicians of the Apocalypse para grabar un trabajo, de tan solo siete temas, denominado When i shoot too you with arrows, i will shoot to destroy you (Full Time Hobby/Popstock, 2018); título corto y fácil de recordar. Sin llegar al nivel de sus cimas más importantes, el reciente disco roza el notable, motivo por el cual todavía dan más coraje las prestaciones ofrecidas en directo. Small spaces demuestra que el talento sigue latente en su cerebro.
Poco le deben importar a nuestro personaje las anomalías acontecidas en escena y los sucesivos fiascos, que le reconocen hasta sus fans más irredentos. De hecho, la pérdida de papeles (literal en alguna ocasión) quizá le sirva para conseguir que el agua siga hirviendo, aunque mucho nos tememos que la llama acabará apagándose por causa del gas viciado, enfriando el transparente elemento. Lo excéntrico tiene fecha de caducidad.
Micah P. Hinson creyó construir un edificio con vigas fabricadas de buena calidad, aguantando firmemente largo tiempo. En estos momentos padecen aluminosis. Le debieron timar.
Sentimos no poder informarles si finalmente se comió la manzana, indagaremos.




Autores de este artículo

Barracuda

Víctor Parreño
Me levanto, bebo café, trabajo haciendo fotos (en eventos corporativos, de producto... depende del día), me echo una siesta, trabajo haciendo fotos (en conciertos, en festivales... depende de la noche), duermo. Repeat. Me gustan los loops.