Negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Estas son las conocidas como cinco fases del duelo, un proceso inherente a la existencia humana que cada persona enfrenta de manera diferente. Nick Cave lo ha hecho a través de sus canciones, un arte que ha moldeado a su antojo durante más de cuarenta años. En su carrera, nos ha regalado baladas asesinas, canciones de amor góticas y dosis rabiosas de electricidad descontrolada. En 2015, cuando la tragedia apareció en su vida, no solo no se aisló, sino que se reinventó abrazando tempos más reposados y exorcizando sus fantasmas a través de temas reflexivos y con aires confesionales. Este año, en su nuevo trabajo, Wild God (Play It Again Sam, 2024), ha alcanzado una nueva fase: la celebración, alejándose de la culpa y buscando de redención mediante la celebración de los momentos de felicidad de la vida. Esto se ha traducido musicalmente en la aparición de claras influencias góspel. El jueves, el cantautor y sus separables Bad Seeds protagonizaron un pequeño capítulo en este proceso, en una arrolladora y emotiva catarsis colectiva delante de un Palau Sant Jordi que no se llenó, pero sí se entregó ante un espectáculo intenso y por momentos abrumador.
El australiano defendió su nuevo proyecto casi al completo, interpretando nueve de sus diez temas. Tres de ellos para empezar el espectáculo, arrancando con la autocompasiva Frogs y siguiendo con Wild God, canción que da nombre al disco y que inició sentado al piano. Ahora bien, el sosiego le duró hasta el primer estribillo. En el momento que los cuatro integrantes del coro de góspel situado en la parte trasera del escenario empezaron la melodía principal, Cave no pudo contenerse más y se abalanzó a abrazarse con sus seguidores de la primera fila. Pese a sus 67 años, el cantautor continúa siendo un auténtico torbellino interpretativo. Se pasa las más de 2 horas y media de actuación recorriendo sin parar una estrecha pasarela situada en el bordillo del escenario para poder estar literalmente encima de sus fieles. Los toca. Los mira a los ojos. Los agarra. E incluso los utiliza para que le sujeten el micrófono. Por momentos, los trata como a un integrante más de la banda. Sucedió en Song of the Lake, durante la que les ordenó seguir el ritmo con las palmas. Además, el jueves estaba especialmente sonriente y hablador. “Voy a interpretar una canción jodidamente antigua y que me ha perseguido toda la vida. Por favor cuidemos a los niños”, dijo antes de tocar O Children, un tema publicado en 2004, pero que en 2015 tomó un nuevo significado cuando el artista perdió repentinamente a su hijo Arthur, de 15 años. “O children. Lift up your voice, lift up your voice”, cantaba repetidamente en el estribillo el coro, que elevaba todavía más la que ya es una canción monumental.
Acto seguido, fue el turno otro clásico, en este caso la progresiva Jubilee Street, en la que los Bad Seeds tomaron el protagonismo dibujando durante más de cinco minutos un casi inapreciable crescendo hasta llegar al clímax final, en el que tanto la veterana formación como el australiano estallaron exhibiendo todo su poderío para deleite de los presentes. Esa es la mayor virtud la banda de multiinstrumentistas liderada por Warren Ellis: es capaz de desaparecer por momentos limitándose a clavar las notas para dejar todo el foco a Cave, pero cuando toca también sabe entrar en erupción y protagonizar momentos de aplastante electricidad e intensidad musical. Como en la interminable From her to eternity, en la que el abrasivo violín distorsionado de Ellis hizo temblar en Sant Jordi o en Tupelo, el particular homenaje del artista a Elvis Presley. Además de la gran mayoría de sospechosos habituales que han acompañado a Cave durante décadas, las semillas cuentan en esta gira con el reputado bajista Colin Greenwood como invitado de excepción. El músico británico, conocido principalmente por su papel en Radiohead, ya acompañó al australiano en su anterior gira con Warren Ellis. Pese a ello, la sincronía se mantiene intacta y Cave continúa permitiéndose el lujo de acelerar y frenar las canciones a su antojo.
Tras semejante descarga, volvió el momento para el sosiego. Para ello, el maestro de ceremonias se refugió en el piano en la letanía Joy. “We’ve all had too much sorrow, now is the time for joy” recitó Cave con lágrimas en los ojos y elevado de nuevo por su coro, en la que fue una actuación tan estremecedora que dejó al Sant Jordi casi sin respiración. “You’re beautiful” se desgañitó después en busca de la expiación en la parte final de Conversion, que convirtió el recinto barcelonés en una catedral góspel. El bloque de la redención se cerró con la íntima I need you, que cantó visiblemente emocionado en solitario, homenajeando una vez más a su hijo fallecido.
En la parte final, llegó el momento de la carnicería, con las adaptaciones gospelianas de Carnage y Bright Horses, dos piezas de su proyecto paralelo con Warren Ellis. Los aficionados a la serie televisiva Peaky Blinders (Steven Knight, 2013-2022) también tuvieron su momento con la versión electrificada de Red right hand, clásico del australiano y posteriormente se convirtió en la icónica obertura de la ficción británica. Al terminar, el público siguió coreando la melodía, en un gesto que gustó a Cave, que ordenó a los Bad Seeds a retomar por segunda vez la canción. “Precioso”, repetía al acabar.
Los bises también estuvieron marcados por los homenajes. Cave adiestró al público para corear el estribillo de O Wow O Wow (How Wonderful She Is), tema dedicado a Anita Lane, integrante fundadora de los Bad Seeds fallecida recientemente. Con The Weeping Song Cave despidió a su banda tras un tremendo solo de Warren Ellis al violín. Finalmente, y solo en el escenario, Into my arms fue la guinda a una noche que quedará marcada en la retina de muchos de los presentes.





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