No deja de sorprenderme cómo la música es capaz de salvarme una y otra vez. Después de un martes gris, estresante y lluvioso, lo último que quiero hacer es salir de mi piso e iniciar el trayecto hacia Razzmatazz, que me hará pasar por el interminable trasbordo del metro de Paseo de Gracia, que viene a ser lo más cerca de Mordor que me he sentido en mi vida. No me apetece nada, aunque haya estado escuchando el último disco de Villagers en bucle durante las últimas semanas.
Y sin embargo aquí estoy, justo delante de la mesa de sonido, escuchando a su telonero, Fabrizio Cammarata, que con tan solo una guitarra acústica, una pandereta y una voz poderosa se defiende con mucha actitud ante el centenar de personas que ya ha aparecido en la sala. El músico de Palermo nos sorprende a todos con una interpretación a su vez frágil y enérgica de la canción popular mexicana La llorona, no sin antes anunciarnos que el próximo lunes 26 de noviembre estará dando su propio concierto en la sala Luz de Gas.
Cuando el italiano baja del escenario ya he olvidado la lluvia, el estrés y el hecho traumático de que mañana será miércoles. La música me ha salvado y Razzmatazz 2 se va llenando poquito a poquito, aunque he de decir que no acaba de haber tanto público como les desearía a los artistas.
Después de un breve intervalo en el que los técnicos preparan el escenario y el público va a por su cerveza, empieza a sonar la intro de Villagers que inmediatamente cumple su función: se hace el silencio. El público está expectante porque, aunque no somos muchos, se respira en el aire ese nerviosismo tan puro que sientes antes de ver a un artista al que admiras. Ese artista que acaba de sacar un discazo.
Unas voces en bucle nos tienen a todos mirando atónitos el escenario mientras aparece la banda al completo, hasta que entra Conor O’Brien, ese pequeño pero virtuoso artista irlandés detrás del nombre de Villagers. Comienzan con Sweet saviour, tema guitarrero y rítmico de su último disco, que no acaba de sonar redondo pero va a servir a los técnicos para hacer los últimos ajustes necesarios. A partir de este primer tema, el directo solo sube y sube y sube…
Con Againya hemos entrado en ese bucle mágico que crean Villagers, un tejido de todo tipo de sonoridades y emociones, una montaña rusa a la que te subirías una y otra vez. Conor no es sólo esa voz que entona unas letras maravillosas con un falsete inconfundible. Es también – ¿por qué no decirlo? – un puto crack a la guitarra.
Saludos al público y presentación de la banda. “Estamos borrachos”, dice Conor. Se nota. Y aunque nos transmiten a todos una alegría contagiosa por estar allí, podemos ver que están cansados, que el peso de una gira también les afecta a ellos.
Es justo después de esta presentación cuando tocan Love came with all that it brings. Una canción que nos muestra a todos que a Conor le acompaña una banda mágica. Mali Llywelyn a las teclas y Gwion Llewelyn a la batería y trompeta (¡!) reparten su magia con unos preciosos coros envolventes, mientras Danny Snow nos mantiene con los pies en tierra firme con sus líneas de bajo y Cormac Curran se revela ante todos como el indudable mago de los sintes, las secuencias y (¡sí, también!) la trompeta.
Love came with all that it brings
Including the fact that it stings
Like a motherfucker
Con Everything I am is yours todos sentimos en nuestras costillas el peso del amor, mientras que con Fool nos ponemos a mover las caderas al unísono. También suena el single inminente, esa luz que transmite Trick of the light y la bailonga Long time waiting en la que Conor deja a un lado la guitarra acústica para convertirse en un pequeño discípulo bailarín de Father John Misty. “Se ha venido arriba”, dice el chico que tengo detrás.
Van a tocar Ada, un homenaje a la matemática y ahora símbolo del feminismo Ada Lovelace. Un tema que muestra la admiración de Conor por esta gran mujer, pero también el terror que le provoca el papel que está teniendo la tecnología en nuestras vidas. Algo así como amor-odio, vaya.
Los artistas bajan del escenario y todos sabemos – el bis ya no es un secreto, amigos – que van a volver. Con Twenty seven strangers y con Couragey nothing arrived cierran un concierto de más de hora y media en el que los presentes nos hemos dado cuenta, una vez más, de que lo de Villagers es algo único; no hay nada parecido. La presentación de The art of pretending to swim (Domino, 2018) ha sido como el álbum mismo, una mezcla de estilos que encajan a la perfección. Allí nos deja con su indie folk, su electrónica, su lado más experimental y su indudable don como letrista.






Autores de este artículo

Carla Gimeno

Sergi Moro
Desde que era un crío recuerdo tener una cámara siempre cerca. Hace unos años lo compagino con la música y no puedo evitar fotografiar todo lo que se mueve encima de un escenario. Así que allí me encontraréis, en las primeras filas.