La trayectoria de Adriano Galante ya se cuenta por décadas y, a pesar del tiempo pasado, sigue siendo estimulante, pues se mueve por la pasión, por la necesidad de creación, por el anhelo de hacer algo de valor durante su tiempo en el mundo.
Seward, ese combo mutante que ofrece un concierto diferente en función del espacio en el que sucede, que revindica el valor de lo irrepetible, y que fusiona canciones con atrevidos desarrollos instrumentales, es un perfecto ejemplo de la búsqueda continua de Adriano, que también se abre a la colaboración con otros artistas o la creación de obras para el teatro o para la poesía, o el spoken word, como es el caso.
Mientras departíamos antes del inicio de su actuación, comentaba que, a la hora de llevar al escenario su libro Mediante –que forma parte de una serie ordenada siguiendo la lista de preposiciones–, se planteó cómo poner voz a sus poemas, sin impostarla, sin declamar, como se suele hacer en la lectura poética. La solución que ha adoptado, como pude comprobar durante su actuación, es musitar, susurrar, como si estuviera hablando al oído a todos los presentes.
Acompañaba sus lecturas de fondos sintéticos, el subrayado de palabras y frases con contundentes golpes de teclado, o la compañía de una guitarra acústica. Y es que Adriano Galante es un maestro a la hora de mezclar componentes que pueden parecer antitéticos pero que se fusionan con la aparente facilidad de aquel que sabe qué hacer para que los sonidos le acompañen y fortalezcan el discurso. Otra de las grandes cualidades de Adriano es su sabio uso del silencio. El silencio, que hace respirar las obras, que subraya con su aparente inexistencia, que inquieta y genera expectativas.
El corpus que presentaba eran sus poemas, pequeñas estampas de la vida cotidiana, reflexiones a vuelapluma que parecen anotadas en un cuaderno mientras estaba sentado en la mesa de un bar o al detenerse en una calle cualquiera. Su valor es que, a partir de momentos aparentemente intrascendentes, tiene la capacidad de evocar la futilidad de nuestras existencias y convertir la anécdota en categoría, aquello que nos define en la vida acelerada, conformada a base de estímulos y, muchas veces, vivida sin capacidad de análisis.
A esa eterna huída hacia delante, Adriano antepone la reflexión, ese espejo que sitúa ante nuestros ojos para que no pasemos de largo y realmente nos veamos. En ese sentido, quizá el momento culminante de su actuación fue la interpretación de Un número infinito de canciones.
“Ser a partir del resto. Dudar.
Mirarse al espejo a través de
la mirada del otro. Abrir los
ojos bajo el agua. Depender.
Bucear como se pueda.”
Quizás perdidos; o quizás, incapaces de encontrarnos. O puede que, por un momento, nos encontráramos durante su actuación.
En un movimiento continuo, dio paso a b1n0, dúo de electrónica que invita a cantantes para vestir sus canciones, a la manera de los Soulsavers. Una de las voces que participó en su primer disco fue Adriano Galante, cuestión de afinidades electivas.
b1n0, Emili Bosch y Malcus Codolà, demostraron en directo por qué son una de las propuestas electrónicas de proximidad más interesantes. Creadores de texturas sugerentes y con una gran sensibilidad rítmica, dieron paso a Maria Sevilla Paris en una colaboración que ya habían presentado en el Poesia i +.
Los textos de Maria, declamados con intensidad y una gran pulsión rítmica tratan del yo (el cuerpo, el deseo), pero también del nosotros, con un gran componente de crítica social. Declamaciones sobre la incapturabilidad del sonido, citando a Pau Riba, y sobre la relación entre la música electrónica de baile y el uso de drogas, cortesía de Simon Reynolds.
Maria interpretaba los textos seria, desafiante, utilizando la repetición de sintagmas para la creación de patrones musicales, perfectamente coordinada con los b1n0, que anclaban el ritmo con teclados, samplers y batería electrónica.
Gran noche, pues, de música poética o de poesía musicalizada en El Pumarejo. Se definen como refugio cultural y ciertamente lo son.






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