Clap Your Hands Say Yeah es ahora el nombre artístico tras el que se escuda Alec Ounsworth en solitario, el líder de la, en un tiempo, reconocida formación de indie rock americano. Tras su éxito como banda, allá por 2005, los años han ido decantando la propuesta hacía terrenos más sombríos e íntimos.
Ounsworth y su grupo siempre se identificaron por una rabiosa independencia a la hora de comercializar su música y la conexión personal con su base de fans, en una relación cercana, de tú a tú. No es de extrañar, por lo tanto, que presente su música en un formato íntimo, sólo con teclado, y en una sala de extrarradio, El Pumarejo, que es como un oasis de arte en un entorno más bien inhóspito.
La sala se puso sus mejores galas y exhibió lleno ante una propuesta tan exclusiva como interesante, dentro del Let’s Festival. Y Alec Ounsworth, como un genio despistado, saludó tímidamente al respetable y se sentó tras su teclado Korg, con la sempiterna gorra de obrero que forma parte de su estética.
Rascando entre sus referentes, Ounsworth reconoce a luminarias de los 70 y los 80 como Robert Wyatt, Brian Eno y David Byrne que, curiosamente, han colaborado también entre ellos. En sus inicios, el propio Byrne y un ser de otro planeta conocido como David Bowie acudieron a sus conciertos, otorgando el marchamo de calidad a su propuesta. Con estos antecedentes, no es de extrañar que, durante el concierto, aparecieran en escena los fantasmas de las baladas glam de Bowie y la intensidad vocal de las interpretaciones de Peter Hammill.
Ounsworth, que agradeció a la técnica de la sala el sonido “limpio y bombástico” de la gala, ofreció un set breve pero lleno de emotividad, que nos permitió apreciar su voz almendrada, bella y rugosa, en toda su plenitud.
Se mostró cercano en sus interludios, con comentarios jugosos, como cuando reconoció que estábamos en su concierto bueno y que pedía disculpas a su público de Paris por lo que ofreció allí. También explicó su evolución musical, las horas que tuvo que dedicar para dominar el piano, y cómo se las tuvo que ver con un profesor que se asemejaba al director de la banda de la célebre Whiplash.
Bromeó de nuevo a la hora de irse y ejecutar ese estúpido juego de aparentar que abandona el escenario para, tras los aplausos, volver a aparecer para interpretar alguna canción más en el tiempo de descuento. Son las tradicionales reglas de comportamiento y protocolo del rock, que, a pesar de sus críticas, acató.
Tras su actuación, quedó en el aire la belleza íntima del pop de cámara de Mirror Song y su triste arpegio de piano, como diciéndonos que, a pesar de los éxitos puntuales, al final todos estamos solos.





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